Justificación y compromiso de la función asesora.

Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; mas si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas”.

SIR FRANCIS BACON

Hace unos meses, tras una reunión del Equipo Técnico de Formación del CEP Osuna-Écija, los comentarios de una compañera recién incorporada a la Red Asesora derivaron en una pregunta: Joaquín, y tú… ¿qué es lo mejor que puedes aportar en este momento al CEP?  Dudas fue mi respuesta. Por supuesto que la duda es un estado incómodo. Ahora bien, en la encrucijada que nos encontramos actualmente, la certeza absoluta no es más que un espejismo.

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A diario vemos como las vivencias de las nuevas generaciones se ven sometidas a condiciones y características bastante diferentes a las de sus mayores. Asistimos a la incesante acumulación de transformaciones de todo tipo en los modos de trabajar, de comunicarnos, de movernos, de divertirnos, de vivir… Nos encontramos inmersos en una dinámica que, a la par que está cambiando de manera sustancial los sistemas de producción, modifica las formas de interaccionar, de pensar y de organizarnos socialmente.

La tendencia en el ámbito social anticipa una transformación del modelo establecido, aunque no termina por definirse uno nuevo, sino que más bien quedan expuestas día a día las principales contradicciones y carencias del actual.

Actualmente los avances científicos se están traduciendo a una velocidad vertiginosa en innovaciones que producen consecuencias de hondo calado en la sociedad. Lo que ha ocurrido con la generalización del uso de smartphones, cada vez más sofisticados, y con el espectacular ritmo de incremento de los usuarios de redes sociales, constituyen ejemplos ilustrativos de la capacidad acelerada de impregnación social de las innovaciones tecnológicas.

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En este contexto, el mayor logro de nuestro sistema educativo ha sido la escolarización universal, pero hay otras realidades acuciantes. Nadie duda de la necesidad de mejorar los resultados del alumnado, de bajar los índices de fracaso, absentismo y abandono temprano de la escolarización. La escuela democrática de masas parece estar lejos de cumplir todas sus promesas, gran parte de la sociedad ya no cree en ella, al tiempo que muchos docentes han perdido la confianza y se sienten profundamente afectados por las críticas que desde diferentes sectores se dirigen a la escuela.

Nadie duda de la influencia que la eficacia de los sistemas de educación y de formación ejerce sobre el desarrollo económico de las sociedades modernas. La propia Unión Europea ha acuñado el concepto de triángulo del conocimiento -constituido por la innovación, la investigación y la educación- y lo ha considerado esencial para hacer avanzar significativamente, en el espacio europeo, la economía basada en el conocimiento, tal y como la Estrategia de Lisboa y su sucesora, la Estrategia Europa 2020, pretenden de un modo explícito.

Y para ello, se espera que los sistemas de educación y formación faciliten a las nuevas generaciones, junto con los conocimientos y las competencias de carácter general, una actitud favorable ante la innovación y el emprendimiento, la capacidad para trabajar en equipo; las competencias para el uso de las tecnologías de la información y la comunicación; la destreza intelectual necesaria para aplicar el conocimiento disponible en contextos diversos, y la soltura en el manejo de idiomas extranjeros, particularmente del inglés.

El desafío de mejora es ineludible y es necesario abordarlo con urgencia, pero un sistema educativo de calidad no puede fundamentarse sólo en criterios de productividad, rendimiento y beneficio empresarial que no tienen por qué asegurar la coherencia y equidad inherente a una educación entendida como un servicio público.

La crisis de los sistemas educativos, bajo criterios de eficacia y competitividad, ha llevado a la implantación de nuevas reformas educativas, de carácter fuertemente neoliberal, en las que la palabra calidad se asocia a selección y competitividad en su vertiente economicista, planteando una separación del alumnado ya desde la base, lo que supone una clara perversión de los principios y fines de la educación en sociedades que se llaman a sí mismas democráticas.

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Podemos considerar acertado entender que nuestra Escuela Pública es el resultado de un proceso complejo de construcciones y reelaboraciones sociales y políticas, que requieren nuestro esfuerzo y voluntad constantes.

No es algo que haya surgido por sí solo en el curso espontáneo de la evolución social o al mero dictado de los intereses económicos privados, no nace de la lógica de los mercados, sino que es el resultado del despliegue práctico de una voluntad que no puede decaer. La Escuela Pública tiene que ser cuidada con esmero, atendida día a día, de acuerdo a la realidad social que surge en cada momento histórico.

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Y en todo ello la formación del profesorado constituye un elemento fundamental para dar respuesta a los nuevos retos educativos planteados, siendo factor clave para conseguir la mejora de la competencia profesional de los docentes y contribuyendo, en consecuencia, al desarrollo de una enseñanza de calidad y equidad. Si  hablamos de calidad educativa y de formar un alumnado competente para la sociedad que le ha tocado vivir solo podremos conseguirlo si contamos con un profesorado igualmente formado y competente.

Además, a pesar de los importantes avances que se han producido en los últimos años en el sistema educativo andaluz, la educación andaluza presenta insuficiencias que es preciso corregir. Afrontar estos retos supone conocer el momento actual de la educación en Andalucía, la evolución habida, así como las fortalezas y debilidades que la caracterizan. Sin duda, parece razonable compartir el punto de vista de los que opinan que la administración debe seguir asumiendo su responsabilidad como garante de la sociedad a la hora de ofrecer un sistema de apoyo a los centros caracterizado por el compromiso con el desarrollo profesional de los docentes y la mejora de las prácticas educativas, en definitiva del centro en su totalidad.

Desde mi personal punto de vista, las reflexiones anteriores imprimen el estilo de trabajo para el desempeño de la función asesora. Todo ello considerando al mismo tiempo su viabilidad y adecuación a la zona de actuación concreta, además, persiguiendo la concreción de las estrategias de actuación que plateemos con claridad, originalidad y persiguiendo un carácter innovador. Sin perder de vista que nuestra labor pasa por alcanzar la mejora educativa y la calidad para todos y todas.

Una calidad apoyada en la igualdad de oportunidades, sin discriminaciones de ningún tipo, que favorezca la integración, la igualdad y la diversidad, que garantice el pluralismo, la convivencia y la tolerancia, que revitalice los cauces de participación, que elimine los procesos selectivos, que revise los contenidos curriculares y las prácticas pedagógicas.

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